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jueves, 9 de junio de 2011

...tu también disimulas?

Hoy decía un buen amigo que se pasaba los días disimulando, y me ha hecho reflexionar (os dejo abajo el enlace a su entrada del blog). Todos disimulamos en mayor o menor medida, la mayoría casi inconscientemente como parte de nuestro “personaje”, ese que proyectamos hacia los demás, pero que no pocas veces consigue convencernos tanto a nosotros mismo, que nos convertimos en ellos. El disimulo, en mi opinión, es un recurso social, de puertas afuera. Como todo en la vida, usado con cierta moderación puede ser bálsamo que no hiera sensibilidades, pero tornado en hábito puede alimentar un monstruo que algún día se vuelva contra nosotros. Si miramos para dentro el disimulo no tiene cabida, y el reconocimiento de esta actitud nos puede provocar cierta amargura, pues no es otra cosa que el autoengaño. Para quién no entiende que dentro de él puedan existir dos “personalidades” diferenciadas, la que nace del alma y la que dirige el ego, esa sensación de autoengaño le puede iluminar en el concepto. El ego provoca el autoengaño, el alma siente la amargura de la traición a uno mismo.
Hacia fuera ocurre algo similar. Cuando el personaje nos supera nos vemos “disimulando” ante personas que no lo merecen y llega la amargura. Otras veces nos gusta tanto el personaje, tan cómodo y poco exigente ante la honestidad que nos encerramos en él y enclaustramos nuestra vida a unos muros sociales que provocan dentro una pérdida de identidad.
Como en la mayoría de las cosas, en el equilibrio está la virtud, pero si dudas, decide si prefieres la comodidad de la opereta o el desafío de la verdad. Uno te da la paz en el momento, el otro quizá toda la 
vida.



imagen de graciagamboa.blogspot.com

miércoles, 8 de diciembre de 2010

...humedad

Hoy leía en el blog de una amiga (Merche) que no andaba demasiado inspirada y que no siempre conseguía convencer al guardián de sus sentimientos más profundos para entrar, remover algunos, y sacarlos al exterior. Yo le decía que quizá sea normal no poder desparramarlos en un papel cada día, mostrar a pecho descubierto lo más duro, aquello que nos provoca dolor con un sólo recuerdo, que a veces incluso nos avergüenza y nos deja indefensos; aunque le sepamos dar el envoltorio de una desgarradora historia. Es como toda novela de vampiros, donde uno esta a salvo en su casa mientras no "invite" al vampiro a entrar en ella. Sacar todas esas emociones y compartirlas no es más que abrir la puerta de las estancias más secretas del castillo de nuestra personalidad, y dejar que cualquiera entre y eche un vistazo en las estanterías y alacenas.
Musgo (Puede tener derechos de autor)
Pero no es menos cierto que dejar las puertas cerradas para siempre enmohece el interior, lo enquista y crea un ecosistema lúgubre, irrespirable, caldo de cultivo de problemas mayores. No hay nada peor que encerrar ese lado oscuro. Los helechos de dolor crecen alimentados por el temor, y van ganando terreno a la esperanza y la alegría. Resquebrajan los muros y acceden a otras estancias más secas, más soleadas y sanas... pudriéndolo todo. Nos llevan lentamente a la derrota ante la plaga más letal, la de nuestros propios fantasmas.
Todos tenemos esas habitaciones dentro de nosotros. No sirve de nada mirar para otro lado. Tampoco lógicamente podemos sentirnos orgullosos de ellas. Sólo debemos encontrar el momento oportuno y antes de que sintamos que la humedad comienza a mojar las paredes y las esquinas a albergar los primeros cercos de moho, dediquemos el tiempo necesario para que la luz del exterior conecte con nosotros. Que la esperanza entre limpiándolo todo,el presente ventile todo pasado húmedo y la humildad pinte de nuevo ese cuarto tan oscuro. Después de esto, la ilusión abrirá ventanas por las que nuestro corazón, poco a poco, vaya estableciendo nuevos lazos, aceptando como fuimos, lo que vivimos,  lo que sufrimos y aún nos da miedo, pero mostrando una nueva realidad, más tibia y con más armonía. Una realidad presente que debe hacernos poder vivir en paz con nosotros mismos... y felices.