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martes, 28 de junio de 2011

...tienes derecho a tener un mal día

Hoy la sociedad nos dice que lo normal es estar bien cada minuto de tu vida. Si no duermes, usa una crema anti fatiga que lo encubra, si los ojos no se abren y están rojos de no dormir, usa un colirio. La imagen ya no queda en el físico, sino que se va también a la actitud. Hay cierta corriente mediática que ha pasado de ver la vida como algo puramente material (físico perfecto, dinero y pertenencias) a vender ahora que la felicidad es sonreír ininterrumpidamente. Si la vida te da limones, hazte un zumo. Sí, claro que sí, pero todo con equilibrio. Una cosa es que uno piense que toda su vida es un limón amargo, porque eso seguramente quiera decir que es necesario un cambio de actitud ante la vida, y otra cosa es que ya uno no se pueda levantar por la mañana un día y verlo todo nublado por mucho sol que brille fuera. ¡Somos humanos!
Después de la tiranía del físico está llegando la tiranía de la sonrisa, como yo la llamo. Y esto no es más que otra moda, porque ante todo no podemos perder la perspectiva fundamental y es que somos seres con emociones, y eso es lo natural. ¿O es que ahora nadie puede sentir un día que algo le satura, que las fuerzas le han abandonado un poco y eso le hace sentirse con ganas de no moverse demasiado e “hibernar” un poco, unas horas, tranquilo en casa? Por supuesto que sí.
El ser humano vive en movimiento continuo. Periodos expansivos y otros de contracción, donde la mente, el cuerpo, todo se prepara para un nuevo periodo expansivo. No te preocupes por eso. Simplemente sé consciente de que te pasa y aléjate de los problemas. Mañana el sol volverá a brillar. No es más que otro ciclo de la naturaleza. Dejemos ya de compararnos con los estereotipos que se crean para que hagamos lo que otros quieren y vivamos nuestra vida con aceptación, y con paz interior… esa sí que es la auténtica 
felicidad.

fotografia de:  estuimagen.com

jueves, 3 de marzo de 2011

...monstruos

Estaba sentado en la salida de emergencia, un vuelo de 9 horas por delante y nadie a mi lado, iba a ser un vuelo tranquilo. De repente la azafata me preguntó si ese asiento de al lado estaba vacío y lógicamente le dije que sí. Al poco rato volvió con una mujer de unos cuarenta años y poco menos de dos metros de alto. El pasillo parecía de juguete ante su presencia y su cara transmitía una clara incomodidad y cierto enfado. Al ver un asiento donde poder estirar las piernas esbozó cierto amago de alivio, pero sin apartar esa mueca de incomodidad de la persona que se siente diferente, observada. Curiosamente ayer veía una película de dibujos animados donde una chica crecía desmesuradamente al entrar en contacto con una substancia extraterrestre, convirtiéndose en un “monstruo”. Una criatura que sólo por su tamaño, pasó de ser angelical y querida a abominable y repudiada. La mayoría de nosotros nos hemos sentido alguna vez así, porque la crueldad que nos rodea tiene cotas increíbles. Hemos sido el largo o el enano, el flaco o el gordo, el de la nariz grande o el de los dientes desordenados… el feo. Claro que también otros habrán sido el guapo, el fuerte, el atleta, la modelo. Todos despiertan miradas alrededor, todos generan comentarios, los primeros de risas, de crueldad; los segundos de admiración y, muchas veces, envidia. Todos, absolutamente todos, son víctimas. Víctimas de una sociedad que frena el juicio en la forma y no en el fondo. Víctimas de una escala de valores desequilibrada, estéril y perniciosa.
Si alguna vez estuviste en el grupo de los “monstruos”, enhorabuena. Seguramente sufriste, peleaste, te rechazaste y lloraste… hasta que un día te aceptaste como eres. Ese día, el sufrimiento, la vergüenza, la pena ya no forman parte de ti. Pueden volver con una mala mirada o un comentario grotesco, pero ya no te poseen y te derriban, solamente pasan y saludan. Te hacen ver que la maldad hoy en día está cerca, pero que tu no formas parte de ella.
Si alguna vez estuviste en el otro grupo, en el de las “animadoras y los chicos del equipo”, enhorabuena también. Espero que disfrutaras de todo aquello que hoy en día te puede dar, en una sociedad movida a niveles absurdos por la imagen. Pero deseo que tampoco tú identificaras tu exterior con tu verdadera realidad porque entonces morirás mucho antes de que te llegue el momento, y el primer síntoma será la primera arruga, el día que dejes el equipo y nadie te mire, cuando alguien te diga “¡cómo has cambiado!”. Desde ahí, un gran reto por delante para encontrarte de verdad. Para seguir viviendo, quizá más plenamente de lo que lo hacías antes. En caso de dudas, pregunta a un “monstruo”.