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martes, 8 de febrero de 2011

...impotencia

Dice un vídeo motivacional que me gusta mucho que los verdaderos problemas de la vida son esos que no esperas, esos que te sorprenden un martes por la tarde cuando estás tan tranquilo en casa. Una pérdida de un ser querido, algo grave que le aconteció a alguien que te importa, nada que ver con lo material y sí con lo emocional. La pura realidad
Hay muchos matices en esas sensaciones tan dolorosas que provocan que nos afecten tanto, que nos impacten en el cerebro como una fina arma punzante, helada, una estalactita finísima que atraviesa nuestro interior, congela nuestro pulso y nos deja inmóviles. Es cierto que hay muchos, pero uno de los más duros de asimilar, al menos desde mi punto de vista, es la impotencia.
Una tarde cualquiera cuando más tranquilo estás
Te dan la noticia, ya ha ocurrido, y no puedes hacer nada. Algo que debería liberarte, puesto que si nada se puede hacer y nada dependía de ti, nada hay por lo que sufrir; es precisamente lo que te tortura por dentro. Refugias tu corazón en excusas vanas de justicia, de una justicia divina tan injusta como inexistente. ¿Quién dijo que todo debía ser justo? Simplemente debe ser. No se pueden hacer juicios sobre la realidad, porque la realidad no admite juez, ni tampoco razón, simplemente es. Tras la impotencia, el resto de emociones se desbocan.
Ante la impotencia, como ante la ira, la tristeza profunda o la desilusión no existe antídoto. El ser humano es una pura emoción moviendo un cuerpo material y es incapaz de evitar esos sentimientos. Cuando llegan, abriendo la puerta con un portazo y colándose en tu salón no puedes estar alerta y poner una silla impidiendo que la puerta ceda a su fuerza descomunal, sólo puedes ser consciente de que están ahí, compartiendo tu interior.
Obsérvalos. Fíjate como actúan, como se apoltronan en el sofá de tu ego y como ponen los pies encima de la mesa de tu felicidad, oscureciéndolo todo. No luches, porque los alimentarás, se nutren de ti. Cuanto más rechazo provoques, mas grandes se harán. Sólo observa. Observa hasta que entiendas que no forman parte de ti, observa hasta que tu ego no te impida mirarlos a los ojos. Entonces respira, siente dónde te duele dentro y sigue observando. Observa que eso que tanto duele no eres tú, ni siquiera es la noticia, ni la persona que tanto querías que provocó ese dolor, es sólo una emoción. Despégate de la emoción, agradece su visita, porque si está allí era porque tenías que vivirla, agradece una vez más, mírala con serenidad...y desaparecerá.
Foto tomada de: http://zefirodelcielo.blogspot.com

martes, 19 de octubre de 2010

...lluvia de otoño

Las gotas de lluvia caen como proyectiles pesados. Las notas golpear tu cuerpo, arrítmicas e incesables. No hacen daño, ayudan. Ayudan a crear una barrera invisible que te aísla aún más de los demás. No sorprende que nadie se interese por ti, ahí tirada en medio de la acera. Hoy en día eso ya no sorprende a nadie.  El nivel de anonimato en el que nos vemos envueltos ha alcanzado cotas bochornosas, nos ha hecho perder la identidad como grupo, como raza; y nos ha sumergido en la más solitaria individualidad. La gente pasa y ni te mira. No se interesa por esa joven tumbada en el suelo, vestida, en posición fetal. No notas dolor, sólo la sensación de que la vida se te escapa. Tus ojos cerrados no son obstáculo para interpretar la escena. Esa quemazón en el estómago, tus manos flexionadas sobre tu pecho y el agua templada empapándolo todo. Tormenta de otoño que parece enviada para una purificación, para una limpieza de alma más necesaria que nunca. No sangras pero sabes que parte de ti se va desprendiendo, fluyendo, abandonando tu ser. Proyectas tu vida y piensas que no es mal final. Algo melodramático, pero apropiado para los últimos acontecimientos… tantas ilusiones rotas y tantos besos entregados, pero más importante aún, un paso más en la confirmación de que nunca encontrarás el puerto soñado donde amarrar, el prado húmedo de rocío donde tenderte y dejar que la humedad purifique tu cuerpo, la vida complementaria que acaba de dar sentido a un vagar de rumbo errático.
Te sientes más cansada, más aún, y los ojos ya no responden, no se obligan a permanecer cerrados… simplemente no pueden abrirse. Algún escalofrío recorre tu cuerpo, totalmente empapado ya por la lluvia de Octubre. El momento se acerca, lo sientes llegar. Justo en ese instante, oyes un susurro que viene de ningún lugar: “es el momento de la renovación…deja atrás el dolor, deja atrás la frustración, es el momento de la renovación”.
Notas que el agua cesa y una cálida caricia del sol llega a tu rostro, lo ilumina. Abres los ojos…miras alrededor y todo está igual, todo es lo mismo… todo menos tú. Bienvenida a tu nueva vida.