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miércoles, 6 de junio de 2012

... Vida sin recompensa

Hacia calor en aquella ciudad, en aquel barrio, en aquella habitación. El sudor transitaba por su frente y el humo del tabaco disfrazaba las gotas con una densa niebla. Humo y más calor aún. La garganta seca y poca agua...y demasiado alcohol. Una noche de esas donde él se obligaba a escribir, o más bien a deambular por delante de aquella vieja máquina, esperando que una fuerza sobrenatural comience a impulsar los dedos hacia la tecla adecuada.
El marco con la foto de ella aún quedaba cerca, pero esos ojos azules y ese vestido rojo miraban hacia la pared. No se atrevía a guardarlo en el cajón, por si fuera cierto aquello de que los tesoros más valiosos son aquellos que al guardar, al dejarlos de disfrutar, pierden todo su valor. Tampoco podía mirarla cara a cara.... todavía no.
Recordaba buenos tiempo, entre calada y calada, y se preguntaba por qué si recordaba lo bueno le venía un sabor tan amargo. Era el gusto de lo perdido, de ese caramelo deseado que nunca llega tras el postre, de ese helado que termina en el momento que más lo saboreas, de ese amor destrozado por un sueño.
Noche de sombras y humedad. Oscuridad sin misterio, madrugada sin hadas. Dolor perenne mientras la efímera vida de un cigarro se agota. Vida sin recompensa.

fotografia de  sociedadpoetasanonimos.blogspot.com


martes, 29 de mayo de 2012

Con ganas de vivir y soñar

Hoy la noche estaba cerrada, nubes invisibles y luna escondida. El cielo negro se rompía en el cristal del coche con el destello de las farolas al entrar en la ciudad. Demasiado cansado para pensar. Atrás quedó el esfuerzo, los nervios, las risas, las celebraciones... todo. Ahora es el momento de llegar. Demasiado cansado hasta para dormir, demasiado agotado para salir a pasear. Las luces van pasando, es la única señal de movimiento en esta larga carretera oscura... donde el que pasas eres tú realmente.
Cansado y pensando cuántas veces nos empeñamos en sostener que todo pasa a nuestro alrededor, cuando la mayoría de las veces todo se mueve a una velocidad mucho más lenta que nosotros. Veo mi faro al final. Aquel donde enfoco mi mirada y mi vida cada vez que necesito encontrarme, aquel que tras alegrías o tristezas, tras aventuras o tedios acaba volviéndome a la única realidad. El paso del tiempo es un regalo, la sensación de que pasa una condena. Los días que se viven sin sentir que pasaron, una bendición tan escasa como nuestra propia mísera existencia. Una vez más llegué sin darme cuenta de que iba viniendo, sin darme cuenta del camino...una oportunidad más perdida de reconocer que vivía y no soñaba. Ahora si puedo ser plenamente consciente, y soñar.

Fotografia de franciscoacuyo.com

lunes, 15 de agosto de 2011

... olvidé

Hoy, al levantarme, olvidé. Olvidé las obligaciones y también lo que me prometí recordar. No tenía rumbo fijo ni siquiera caminar, porque olvidé donde debía ir. Miraba alrededor y todo me parecía nuevo, extremadamente nuevo, pero inusualmente familiar. Imágenes reflejadas en una retina insolidaria que no deja que nada de eso lo puedas recordar. Olvidé las obligaciones, los compromisos, las ilusiones, los amigos. Todo aquello que se supone que jamás debes dejar pasar. Los caminos eran desiertos y los cruces adivinanzas para una mente vacía en buscar de algo que guardar. Me movía ágilmente, sin el peso de los recuerdos, sin la carga de las decepciones, sin el tesoro de las pasadas alegrías. Me movía como si nada de lo que hacía fuera a durar. El tiempo pasaba y justo en ese momento se cerraba una puerta que impedía mirar atrás. Hoy, al levantarme, lo olvidé todo. Olvidé lo que soñé. Olvidé tanto, que me olvidé de despertar.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

...era ella (y fin)

¿Qué podría hacer ella aquí? Tantas veces comentaron sus historias de Sevilla, sus fines de semana de hermandad con los amigos, la sensación de que esa ciudad era algo más para él que un destino de movidas juveniles… que quizá ahora, años después, se había decidido a verla con sus propios ojos. ¿Pero justo ahora? ¿Justo en este momento que yo paso por aquí?... es que aún el destino me reserva un nuevo golpe, un poco más de dolor… se me hace tan difícil pensar en una segunda oportunidad.
Iba sola, eso sí. Al menos podría hablar con ella con tranquilidad, saludarla, tomar un café por los viejos tiempos. Quizá, si su corazón no se aceleraba y conseguía verla como una vieja amiga podría darle un paseo por la ciudad, descubrirle esos rincones que sólo alguien que vive aquí conoce y puede disfrutar. Pero es que es Ella...
No eran momentos de pensar más, y dejó que el instinto lo guiara. Y el instinto lo tenía claro. Salió acelerando el paso en dirección a donde ella iba caminando, y terminó trotando a su encuentro con el temor de poder perderla de vista. Conforme se acercaba su cabello rubio brillaba más, su forma de moverse le traía más recuerdos, su vida iba y venía como en uno de esos thrillers donde no te enteras de la película hasta que todas las partes se unen al final.
Llegó lo suficientemente cerca para tocarle el hombro mientras terminaba la carrera y mientras ella se volvía él le dijo en un perfecto danés: “¡Hola Hanika! ¡me parece increíble encontrarte aquí!”. Ella, girándose hasta quedar de frente, le miró a los ojos y le dijo con una mueca divertida: “perdon me? I don’t understand”. Patrick quedó petrificado. Jadeando por la carrera, totalmente desorientado al ver una belleza como aquella, pero no la belleza que él esperaba encontrar, aunque eso sí, muy feliz de que en su país el inglés fuera un idioma casi tan usado como el danés.
Sonrío y le dijo: “Perdona, pensaba haber visto a una vieja amiga, venía corriendo antes de perderla por si le apetecía tomar un café. Espero no haberte molestado”.
La joven, aún sonriendo y con cierta ternura al ver la cara avergonzada de Patrick, le respondió: “Bueno, creo que un café en una terraza cerca del Guadalquivir pagaría con creces este malentendido, ahora iba caminando para allí”.
“En el fondo no me había confundido, es Ella”  Pensaba Patrick sonriente mientras el sol reflejado en el Guadalquivir le hacía cerrar un poco los ojos y la imagen frente a él, difuminada, sólo podía ser la de un ángel, su ángel.